y cada cual hace de su parte—12 marcos diarios; o sea 36.000 marcos por año—el uso que le conviene. A fin de año, y después de cien años, el concejo no es más rico que al comenzar. Durante ese tiempo, ni aun estará en condiciones de dar ese pequeño plus o excedente para el consumo que dice el Sr. Dühring, si no quiere morder su stock de medios de producción. El ahorro queda totalmente olvidado, peor aún, el ahorro siendo una necesidad social y ofreciendo el mantenimiento de la moneda una forma cómoda de ahorro, la organización del concejo económico incita directamente a sus miembros al atesoramiento privado, y, por consecuencia, a su propia destrucción.
¿Cómo escapar a tal contradicción dada la naturaleza del concejo económico? ¿Podrá recurrir al famoso tributo, al encarecimiento, para vender su producción anual en 480.000 marcos en lugar de 360.000 marcos? Mas como todos los demás concejos se hallan en situación análoga y se ven obligados a obrar del mismo modo, cada cual, al cambiar con otro, pagaria el mismo «tributo» que él metería en caja, y el «tributo» recaería, pues, exclusivamente sobre la cabeza de sus propios miembros.
O bien, resolvería simplemente la cuestión pagando a cada uno de sus miembros por seis horas de trabajo el producto de menos de seis horas de trabajo (supongamos de cuatro horas), es decir, pagando ocho marcos en vez de doce marcos por día, manteniendo al mismo tipo que antes el precio de las mercancías; y en tal caso haría directa y abiertamente lo que del otro modo disimula e intenta por un rodeo: constituye la supervalía, según la expresión de Marx, de una suma de 120.000 marcos, pagando a sus miembros al modo capitalista, por bajo del valor de sus servicios y vendiéndoles, además, en su íntegro valor las mercancías que no pueden comprar fuera de él. El concejo económico no puede llegar a constituir un fondo de reserva sino conduciéndose como una forma