manera relativa, en función de otra mercadería que representa la misma cantidad de tiempo de trabajo social; el reloj tiene el mismo valor que una pieza de tela.
Mas la producción y cambio de mercancías al obligar a dar ese rodeo a la sociedad, cuya base constituyen, oblígale también a abreviar ese rodeo, tanto como sea posible. La sociedad elige del vulgo de las mercancías una mercancía distinguida, en que pueda expresarse, para siempre, el valor de toda otra mercancía; una mercancía que pasa por ser la encarnación inmediata del trabajo social y que puede cambiarse, sin mediación de otra alguna y sin condición, por todas las demás: la moneda. Contenida, en germen, en el concepto del valor, la moneda no es sino el valor puesto de manifiesto. Mas el valor de las mercancías, comparado con los mismos géneros, objetivándose en la moneda, se introduce como nuevo factor en el seno de la sociedad que produce y cambia las mercancías, como factor dotado de nuevas funciones y eficacias sociales. Por el momento nos basta con fijar este punto, sin insistir en él.
La ciencia económica de la producción de mercancías no es—¡ni con mucho!—la única ciencia que ha de contar con factores conocidos de un modo relativo. También, en Física, sabemos cuántas moléculas de gas se contienen en un dado volumen, dadas que sean la presión y la temperatura. Y sabemos que, en la medida en que la ley de Boyle es exacta, un volumen dado de cualquier gas contiene tantas moléculas como un volumen igual de cualquier otro gas a la misma temperatura y presión. Por tanto, podemos comparar, en cuanto a su contenido molecular, los volúmenes más diversos de los gases más diferentes y en condiciones las más diversas de temperatura y presión, tomando como unidad un litro de gas a 0º centigrado y a 700 milímetros de presión y, en función de esta unidad, medir todo contenido de moléculas. En