Cuando la sociedad se pone en posesión de los medios de producción y los socializa sin intermediarios en vista de la producción, el trabajo de todos, por diverso que pueda ser, en lo que concierne a su utilidad especifica, es trabajo inmediata y directamente social. Entonces no hay necesidad de establecer previamente, por un rodeo, la cantidad de trabajo social contenida en el producto; la experiencia diaria indica cuanto precisa, por término medio. La sociedad no tiene más que calcular cuántas horas de trabajo se han incorporado en una máquina de vapor, en un hectolitro de cereales de la última cosecha o en cien metros cuadrados de tejido de determinada calidad. No puede ocurrírsele el expresar las cantidades de trabajo incorporadas en los productos que conoce de un modo directo y absoluto, en función de una medida sólo relativa, vaga, inadecuada—en otro tiempo indispensable, como cosa menos mala—en función de otro producto, cuando posee la medida natural, adecuada y absoluta: el tiempo. Lo mismo que no se le ocurrirá un instante al químico expresar los pesos atómicos de un modo relativo, en función del átomo de hidrógeno, cuando esté en condiciones de expresarlo de un modo absoluto, en función de una medida adecuada, en pesos reales, en billonésimas o cuatrillonésimas de gramo. Luego en la hipótesis formulada, la sociedad no asignará valores a los productos; no expresará el hecho simplícisimo de que la producción de cien metros cuadrados de tejido ha exigido, supongo, mil horas de trabajo, de la misma manera necia y equívoca como hoy se hace; no dirá que esos cien metros cuadrados valen mil horas de trabajo. Sin duda, la sociedad tendrá necesidad de saber cuánto trabajo precisa para producir un objeto de uso cualquiera, tendrá que organizar el plan de la producción en función de los instrumentos de producción, a la cabeza de los cuales figura la fuerza del trabajo. En último
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