resultado, la moneda sigue siendo el más poderoso instrumento de acción sobre las comunidades. Y con la misma necesidad natural que la moneda, no obstante «todas las leyes y reglas administrativas», disolverá el concejo económico del Sr. Dühring, si éste naciere alguna vez.
Ya hemos visto que es contradictorio el hablar de un valor del trabajo. Como el trabajo produce, en condiciones sociales determinadas, no sólo productos, sino también valor, y este valor se mide en función de trabajo, el trabajo no puede tener un valor particular; de la misma manera que la pesantez, como tal, no puede tener un peso determinado, o el calor una temperatura determinada. Mas la característica de todas las confusas meditaciones que circulan respecto al «verdadero valor», es que se imaginan que el trabajador no recibe en la sociedad actual el pleno «valor de su trabajo», y que el socialismo debe poner término a semejante estado de cosas; y en tal supuesto se trata de descubrir el valor del trabajo, se intenta, midiendo el trabajo, no en función del tiempo, que es su medida adecuada, sino en función de su producto; y entonces se dice que el trabajador debe recibir el «producto integro de su trabajo», que no es sólo el producto del trabajo, sino el trabajo mismo que puede cambiarse inmediatamente por trabajo; una hora de trabajo por el producto de otra hora de trabajo. Mas al punto se presenta un obstáculo importante: El producto entero está repartido, la más importante de las funciones sociales para asegurar el progreso, el ahorro, se ha sustraído de la sociedad, abandonándolo en manos y al albedrío de los individuos. Los individuos pueden hacer cuanto quieran de sus «productos», y, suponiendo las cosas del mejor modo, la sociedad sigue siendo tan rica o tan pobre como era antes. Así no se han centralizado los medios de producción, acumulados en el pasado, sino para derrochar