prusiano modelo que, como decía el difunto de Rochow, «lleva su gente de armas en el corazón»; pero esos guardianes del porvenir no serán tan peligrosos como los «Pandores» de hoy, tan fuertes que maltraten al individuo soberano; pues éste siempre puede consolarse pensando «que el bien o mal que se le hace, según las circunstancias, por la sociedad libre, nunca puede ser peor que cuanto el estado natural le acarrearía». A seguida, después de habernos hecho dar un mal paso aun respecto a su inevitable derecho de autor, el Sr. Dühring nos asegura que en el mundo venidero habrá «un derecho de querellarse absolutamente libre y general». «La libre sociedad soñada» deviene cada vez más complicada: ¡arquitectos, carretilleros, literatos, gendarmes y hasta abogados! «Este mundo del pensamiento sólido y crítico», se asemeja detalle por detalle a los diversos paraísos de las diversas religiones en que el creyente vuelve a encontrar, siempre magnificado, cuanto ha embellecido la vida. Y el Sr. Dühring pertenece al Estado en que cada «cual podrá ser bienaventurado a su manera». ¿Qué queremos más?
Poco importa, por el momento, qué es lo que queramos; se trata de saber qué es lo que quiere el Sr. Dühring. Y el Sr. Dühring se distingue de Federico II, solamente en que, en su «Estado futuro» es menester que cada cual pueda ser feliz, a su manera. En la constitución del Estado futuro está escrito: «No podrá existir ningún culto en la sociedad libre, porque cada uno de sus miembros ha superado al pueril prejuicio primitivo, según el cual hay tras la Naturaleza o por cima de ella seres en que podría influirse por medio de sacrificios o plegarias.» «Un sistema social bien entendido deberá, por tanto, abolir toda hechicería religiosa y, por consiguiente, todos los elementos esenciales del culto». La religión queda prohibida.