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Página:Anti Dühring ó La revolución de la Ciencia de Eugenio Dühring - bdh0000252307.pdf/438

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Anti-Duhring

Toda religión no es sino el reflejo fantástico, en la cabeza de los hombres, de las fuerzas exteriores que dominan su vida diaria, y al reflejarse dichas fuerzas terrestres toman el aspecto de fuerzas supra-terrestres. En los comienzos de la Historia las fuerzas naturales son las que desde luego se reflejan en su cabeza, y las que, en el curso de la Historia, sufren en los diversos pueblos las personificaciones las más diversas y variadas. La Mitología comparada ha podido seguir ese proceso primitivo, al menos en los pueblos indo-europeos hasta los Vedas de la India, y en la serie sucesiva el por menor de su evolución en los indos, persas, griegos, romanos, germanos y, en la medida en que se cuenta con materiales suficientes, en los celtas, lituanios y eslavos. Pero bien pronto entran en actividad, al lado de las fuerzas naturales, fuerzas sociales, que primero se presentan a los hombres con el mismo carácter de extrañeza inexplicable, y les domina con la misma necesidad aparente que las fuerzas naturales. Los fantasmas de la imaginación, que primero reflejaban solamente las fuerzas misteriosas de la naturaleza, reciben, pues, atributos sociales y devienen los representantes de fuerzas históricas[1]. En un estado aún posterior de evolución, todos los atributos naturales y sociales de todos los dioses se transportan a un Dios único y todopoderoso, reflejo a su vez del hombre abstracto. Tal fue el origen del monoteísmo, último producto de la

  1. La Mitología comparada desconoce este doble carácter que. revisten ulteriormente las figuras divinas; se atienen exclusivamente a su carácter de reflejos de las fuerzas naturales y, sin embargo, ese doble carácter explica la gran confusión que, en un momento dado, se introduce en las mitologías. Así, en algunas tribus germánicas, el dios de la guerra se llama, en antiguo noruego, Tyr; en el antiguo alto-alemán, Zio, lo que corresponde al griego Zeus; al latino Júpiter, por Deus-piter; en otras tribus se llama Er, Eor, lo que corresponde al griego Ares, al latino Mars.