lección sexuales, así como en el cuidado de tal cual resultado al nacer. Es preciso, de hecho, dejar a las generaciones que nos sigan el cuidado de juzgar la necedad y la estupidez que imperan aún en este terreno. Sin embargo, precisa al menos hacer entender, a pesar de la presión de los prejuicios, que es menester preocuparse, no sólo del número de nacimientos, si que también, y sobre todo, de su naturaleza, ya favorable, ya defectuosa, debido a la naturaleza y a las precauciones del hombre. En todo tiempo, y bajo todos los regímenes jurídicos, se han destruído los monstruos; mas hay muchos grados de monstruosidad desde el estado normal hasta las deformaciones que privan a un sér del aspecto humano... Evidentemente, hay ventaja en impedir el nacimiento de un hombre que no será sino un producto defectuoso.» Y en otra parte dice: «No podría apenar al filósofo comprender el derecho de un sér, aún no nacido, a tener tan buena constitución como sea posible... La concepción, y aun el nacimiento, implican, desde este punto de vista, cuidados preventivos y, excepcionalmente, la exclusión.» Y añade: «El arte griego, que consistía en idealizar en mármol al hombre, no hubiera conservado igual prestigio histórico si hubiera acometido una tarea menos frívola, de un interés mucho mayor, para la suerte de millones de seres: la de perfeccionar en carne y hueso la formación de los hombres: arte semejante no es un arte de la piedra, y su estética no tiene que ver con las formas muertas...»
Nuestro joven ciudadano del porvenir cae de las nubes. Sabe bien, sin el Sr. Dühring, que en el matrimonio no se trata sólo de un arte de piedra, ni de la consideración de las formas muertas; pero el Sr. Dühring le había prometido que podía marchar por todos los caminos que le ofreciera «el curso de las cosas y su propia naturaleza para encontrar un corazón femenino que sim-