y por tanto nos hallamos en presencia del mayor genio de todos los tiempos, del primer superhombre, puesto que es infalible; o se equivoca, y entonces, cualquiera que sea nuestra opinión respecto de él, todos los miramientos benévolos por su buena voluntad a los ojos del Sr. Dühring serían la más mortal de las ofensas. Cuando se está en posesión de la verdad definitiva y sin apelación, como del único método científico riguroso—no hay para qué decir—que se está henchido de desprecio para el resto de la humanidad, sumida en el error. No nos maravillamos, pues, si el Sr. Dühring habla con el mayor desdén de sus predecesores, y si ante su profundidad radical sólo algunos grandes hombres, a los cuales excepcionalmente da este nombre, encuentran gracia para él.
Oigámosle primero hablar de los filósofos: Leibnitz, está desprovisto de todo sentimiento moral superior, es el mejor posible de todos los filósofos de corte; a «Kant le tolera, pero después de él todo está trastrocado»; luego, vienen «las imaginaciones fantásticas, las locuras tan tontas como nebulosas de los epigones, de un Fichte y de un Schelling... monstruosas caricaturas de una ignorante filosofía de la naturaleza... enormidades postkantianas, ensueños febriles, cuyo apogeo alcanza Hegel, aquel que hablaba no sé qué «jerga» y difundía en derredor «la peste hegeliana» y su moda anticientífica hasta en la «forma» y en sus «brutalidades».
Los sabios no salen mejor parados de sus manos, mas sólo nombra a Darwin y a él tenemos que limitarnos. «La semipoesía de Darwin y su, juego de transformismo, sus ideas groseramente estrechas y la fuerza mediocre de sus distinciones...» En mi opinión, el darwinismo propiamente dicho—naturalmente hay que exceptuar las ideas lamarckianas—no es sino una brutalidad dirigida contra la humanidad[1].
- ↑ Cursus der Philosophie, 2.ª parte, cap. III, pág. 116-120.