cepción materialista, mas la que a ésta opone el Sr. Dühring es idealista, invierte todas las relaciones, pone lo de arriba abajo y constituye el mundo real según la idea, según esquenas o categorías «preexistentes» al mundo... todo como un Hegel.
En efecto, comparemos la Enciclopedia de Hegel y sus «fantasías febriles», con las verdades definitivas y sin apelación del Sr. Dühring. En éste hallamos la «esquemática universal» que en Hegel lleva el nombre de Lógica; después hallamos en ambos la aplicación de esos esquemas, de esas categorías lógicas, a la naturaleza (la «Filosofía de la Naturaleza») y, por último, su aplicación a la humanidad, lo que Hegel designa con el nombre de «Filosofía del Espíritu.» El «orden lógico interno» de la deducción de Dühring nos conduce muy naturalmente a la Enciclopedia de Hegel, de donde está sacada con una fidelidad tal, que el judío errante de la escuela hegeliana, el profesor Michelet de Berlín, sin duda se conmoverá por ello hasta derramar lágrimas.
Esto proviene de que la conciencia, «la reflexión», se toma en sentido naturalista como algo dado y opuesto totalmente al Ser, a la naturaleza. Así, se hallará también muy notorio que, la conciencia y la naturaleza, la reflexión y el ser, que las leyes del pensamiento y las de la naturaleza concuerdan entre sí. Si se considera de más cerca lo que sea el pensamiento y la conciencia y de dónde provienen, se halla son el producto del cerebro humano y que el hombre mismo es un producto de la naturaleza, que se ha desarrollado en y con el medio ambiente; lo cual permite comprender cómo los productos del cerebro humano que, en último análisis, son igualmente productos de la naturaleza, no estén en contradicción con el orden de la naturaleza y coincidan con él mismo.
Pero el Sr. Dühring no podría permitirse tratar tan sencillamente la cuestión; él piensa, no sólo en nombre