que se mide. Y el tiempo en que no se produjesen cambios susceptibles de ser conocidos, está muy lejos de no ser, de no ser ningún tiempo; es más bien el tiempo puro no afecto por mezclas extrañas, y, por consecuencia, el tiempo verdadero, el tiempo como tal. En efecto, cuando queremos comprender la idea de tiempo en toda su pureza, fuera de todas las mezclas extrañas que no le convienen, nos vemos obligados a apartar como extraños todos los acaecimientos diversos que se producen simultánea y sucesivamente en el tiempo y a representarnos de ese modo un tiempo en que nada acontece. Y no por eso hemos hecho desaparecer, en modo alguno, la idea del tiempo en la idea general del ser; al contrario, sólo por esto hemos llegado a la idea pura del tiempo.
Pero todas estas contradicciones y estas imposibilidades no son sino simples bagatelas al lado de la caótica confusión en que se mete el Sr. Dühring con su «estado primitivo del mundo idéntico a sí mismo». Porque si el mundo ha sido por siempre en un estado tal, que en él no se producía absolutamente ningun cambio, ¿cómo de semejante estado ha podido pasar al cambio? Lo que absolutamente no cambia, lo que sobre todo se halla en tal estado de toda eternidad, no puede en manera alguna salir por sí mismo para pasar al estado de movimiento y de cambio. Es preciso, pues, que de fuera, de fuera del mundo, haya venido un primer impulso que lo pusiese en movimiento. Y como se sabe, el «primer impulso» no es sino otro nombre de Dios. Este Dios y este más allá que el Sr. Dühring pretendía haber eliminado tan bien en su «esquematismo del universo», los reintroduce, reacabados y profundizados, en su filosofía de la naturaleza.
Pasemos. El Sr. Dühring dice: Cuando una magnitud pertenece a un elemento permanente del ser, permanece invariable en su cantidad determinada. Esto es verdad...