determinadas por su temperatura ni a sus átomos materiales efectuar un proceso químico. La materia sin movimiento es tan impensable como el movimiento sin materia. De donde resulta que, el movimiento no puede tampoco crearse o destruirse como la materia misma, lo cual expresa la filosofía de Descartes al decir que la cantidad de movimiento es siempre constante en el mundo. El movimiento, pues, no podría crearse, puede solamente transportarse y, cuando se transfiere de un cuerpo a otro se puede, en tanto se transmite, en tanto es activo, considerársele como la causa del movimiento, y en tanto que es transmitido, como pasivo. Al movimiento activo le llamamos fuerza, al movimiento pasivo manifestación de la fuerza. Evidentemente, pues, la fuerza es igual a su manifestación, puesto que en una y en otra el mismo movimiento se cumple.
Representarse un estado de la materia sin movimiento es, por consecuencia, una representación tan vacía como insípida, un «puro fantasma de la fiebre». Para llegar a eso, es menester representarse el equilibrio mecánico relativo en que puede hallarse un cuerpo sobre la superficie de la tierra como en un reposo absoluto y, después hacer extensiva tal representación al universo entero. Sin duda, la cosa es más fácil cuando se reduce el movimiento universal a la simple fuerza mecánica; la ventaja de tal reducción del movimiento a la simple fuerza mecánica en que puede representarse una fuerza como en reposo, como dominada y, por consecuencia, como sin actividad. En efecto, cuando la transmisión del movimiento, como acontece muy frecuentemente, es un fenómeno bastante complicado de que forman parte un cierto número de eslabones intermedios, puede diferirse la transmisión hasta un momento elegido arbitrariamente, omitiendo el último anillo de la cadena; por ejemplo, cuando se carga un fusil y se reserva el momento en que parte el