disparador en que se produce la descarga y se produce la transmisión del movimiento puesto en libertad por la combustión de la pólvora. Podemos, pues, representarnos la materia en su estado de inmovilidad e identidad perfecta, como cargada de fuerza, y si la unidad de la materia y de la fuerza mecánica tiene un sentido para el señor Dühring, debe ser éste. Mas tal representación es absurda, porque erige en absoluto y hace extensivo al universo un estado esencialmente relativo, a que nunca está sometido, a la vez, sino una parte de la materia. Y aun cuando se prescindiera de esta objeción, aún quedaría la dificultad de saber, primeramente cómo el mundo ha llegado a estar cargado—puesto que hoy no se ve que los fusiles se carguen por sí mismos—y, en segundo lugar, qué dedo después ha tirado del gatillo. Tenemos mucho que decir y que hacer; ya volveremos, bajo la dirección del Sr. Dühring, al dedo de Dios.
De la astronomía pasa nuestro filósofo de la realidad a la mecánica y a la física, y se queja de que la teoría mecánica del calor no haya realizado progresos esenciales al cabo de los treinta o cuarenta años que siguieron a su descubrimiento, a partir del punto a que la había llevado poco a poco el mismo Roberto Mayer. Toda la cuestión, nos dice el Sr. Dühring, queda muy oscura, pues debemos «recordar siempre que al lado de la materia en estado de movimiento nos son dados estados estáticos que no podrían medirse por la unidad del trabajo mecánico...» Si hasta ahora representamos la naturaleza como una gran obrera, y si al presente tomamos tal expresión en su riguroso sentido, necesitamos añadir que los estados idénticos a sí mismos y las situaciones de reposo no representan, en modo alguno, trabajo mecánico. Constatamos una vez más la ausencia de un puente que conduzca de lo estático a lo dinámico, y si lo que se llama calor latente quedó hasta ahora en la teoría mecánica como pie-