dra de escándalo, menester es reconozcamos hay en ello una falta que se manifiesta aún mucho más claramente en las aplicaciones cosmológicas de la teoría.»
Todas estas palabras de oráculo no son sino la expresión de una conciencia turbada que se da cuenta muy bien de que está irremediablemente despistada al querer hacer derivar el movimiento de la inmovilidad absoluta, pero que le da vergüenza llamar en su auxilio al Creador de la tierra y de los cielos. Si no puede descubrirse en la misma mecánica, incluso en la mecánica del calor, el puente de lo estático a lo dinámico, del equilibrio al movimiento, ¿cómo se le podría exigir al Sr. Dühring que descubra el puente que conduce de la inmovilidad al movimiento? ¡Y ved ahí cómo se zafa elegantemente de un mal paso!
En la mecánica ordinaria el puente de lo estático a lo dinámico es... el impulso exterior. Cuando una piedra de un quintal de peso se eleva a una altura de diez metros, y se suspende libremente, de tal suerte que permanezca suspendida en un estado idéntico a sí mismo, es preciso tener que habérselas con un público de niños de teta para poder afirmar que la posición actual del cuerpo no representa un trabajo mecánico o que la distancia entre esta posición y su posición primitiva no puede medirse por la unidad de la fuerza mecánica. El primero que pase dará a entender, sin gran esfuerzo, al Sr. Dührhing, que la piedra no ha subido por sí misma suspendida a la cuerda, y el primer manual de mecánica que le venga a mano, le enseñará que si deja caer la piedra, ésta efectuará en su caída el mismo trabajo mecánico que fue necesario para elevarla a la altura de diez metros. Aun el simple hecho de estar suspendida en alto la piedra representa ya trabajo mecánico, porque si permanece bastante tiempo suspendida la cuerda se rompe, cuando ha perdido, a consecuencia de su descomposición quími-