Página:Antigona - Roberto J Payro.pdf/120

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— Pero... mañana tengo que trabajar y ...

— Que demonio! Una hora mas ó menos.

— Vamos, ya que te empeñas.

Los dos jóvenes se dirijieron nuevamente al hotel donde habian comido, y hallaron ya el mismo comedor arreglado con todo esmero.

— Tomaremos un poco de Jerez para abrir el apetito, dijo Armando.

— Hombre, lo que tú quieras. Yo por mi parte. tomaré cualquier cosa.

Pidieron Jerez, y despues de vaciar unas cuantas copas, pusiéronse á cenar. Armando hizo beber á su amigo una exorbitante cantidad de distintos vinos. En un principio, Ernesto solo bebia á las repetidas instancias de Armando, pero en cuanto las sombras de la embriaguez comenzaron á oscurecer su cerebro, lo hizo sin tasa, y sin necesidad de ser impelido á ello.

— Antígona! exclamaba con voz enronquecida cuando los vapores del vino habian ya debilitado su cabeza. ¡Si supieras, Dupont, cuanto la quiero!

¡Oh! Pero ella no piensa en mi, ni pensará jamás. ¿Cuando viste al águila enamorarse del pajar

illo? Tienes razon, tienes razon; es igual á la hija de