Página:Antigona - Roberto J Payro.pdf/226

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— De veras? murmuró el jóven, sin saber lo que decia.

— Sí, y tanto don Miguel como yo, no creiamos en que Vd. hubiese llegado hasta tal extremo.

— Ah! Pero Manuela!... sollozó el jóven, dando á entender que no sucedía lo mismo á la mujer que mas queria.

— Ella no lo creerá tampoco.

— Pero.... ahora lo cree!...

— Se le dá una prueba de que se engaña.

— Si, una prueba, una prueba ¿y cuál?

— El tiempo todo lo descubre; tenga Vd. esperanza siempre; hay alguien que vela por los desgraciados. Entre tanto, me voy. Despues hablaremos mas largamente.

Y la buena mujer salió, sin que Ernesto lo notara; tan embebido estaba en sus pensamientos.

La situacion se habia definido.

Lo habian calumniado.

Tenia un rival en la persona en quien poco antes confiaba todos sus secretos.

¿Qué móviles impulsaban á Armando?

¿Amaba á Manuela?