Página:Antigona - Roberto J Payro.pdf/34

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Al llegar á los postres Lindoro alzó su copa.

— Señores, me caso, dijo.

— Yo haré el epitalámio, gritó uno de los comensales que se creía poeta.

— Hombre al agua! murmuró otro, casi anonadado por el vino que habia bebido.

— Brindo por mi futura! prosiguió Lindoro.

— Quién es ella? preguntaron varios.

— No puedo decirlo.

— Y cuándo te suicidas? dijo un chusco.

— Dentro de dos meses.

Armando miró á su amigo.

— Ni tu harás el epitalámio, dijo al poeta, ni Lindoro es hombre al agua. No se suicida, es decir, no se casa. Lo cierto es que le gusta una chica, pero ¡qué diablo! no se encadena uno á una mujer por el mero hecho de que le guste. Si fuera así yo tendria que hacerme musulman!

— Bien dicho! esclamó el poeta.

— Eres un tonto, dijo Armando por lo bajo á Acuña. Estas cosas se tienen calladas.

— Es verdad, respondió él.