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VI

LA MUERTE

El jóven no durmió aquella noche. Imaginábase la vida triste y dolorosa sin el amor de Manuela, que era para él la única aspiracion, el único lazo que lo uniera verdaderamente al mundo. Pobre pária, sin familia, sin amigos, cifraba toda su dicha en su cariño inmenso, que creia fuese recompensado y correspondido. Pero Armando le habia hecho creer que su sendero, en que crecian flores hermosas, estaba cubierto de guijarros y espinas en que dejaria los trozos de su alma y de su corazon. A las primeras palabras del jóven, sus ilusiones habian emprendido el vuelo, así como una bandada de palomas al escuchar el disparo de la escopeta del cazador. ¿De qué le servia esperar? Manuela no le amaba; es decir, su vida era un infierno. ¡Cuán inmen-