les sus esfuerzos, despreciaba Lencho sus consejos, no hacía caso de las lecciones, y si le reconvenía se mofaba de sus amenazas, le daba sus buenas cóleras, le cogía las manos, y no dejándola moverse se burlaba de su maestra diciéndole: ya está Ana hueche, no se enoje, no me vaya á echar una rata muertu, no haga berrinches chula; mira hermanita, no me atormentes, déjame gozar de mi Abril y Mayo, y la chongueaba, requebraba y mortificaba hasta que hacían las paces, ó la dejaba más enojada: venía D. Juan, ella se quejaba, y le daba á Lorenzo unas entradas de latigazos, reatasos ó palos, que por algunos días lo tenían lastimado; lleno de moretones, haciendo el libro pedasos por no aprenderlo, volviendo á sus diabluras luego que tenía oportunidad.
Ya no era posible disimular las continuas quejas de sus travesuras, no había res descornada, burro rengo, ni otros animales averiados que no hubieran sido víctimas de Lorenzo, de manera que todos lo conocían y designaban con el sobrenombre de Lencho el perverso.
No hallando que hacer su padre con él, se fué á ver al señor cura de Zitácuaro que fué su padrino, diciéndole: ya no puedo sufrir, señor compadre, á su ahijado Lorenzo; el muchacho, á pesar de su corta edad, es tamaño jarocho, muy garrudo: y como la difuntita lo crió tan consentido y licencioso, temo que el día menos pensado hasta á mí se me pare de gallo; ya tiene mas fuerzas que yó, y es de tal condición que aunque lo majen á palos no suelta una lágrima ni exhala una queja, se pone muy colorado, no me chista una palabra, por lo que no es difícil que salte las trancas, y contó todas las gracias del niño, terminando con que iba á que le diera un consejo antes de que su hijo se acabara de pervertir, pues según los pasos que llevaba saldría un buen picaro de primera.
—En que poca agua se ahoga vd., compadre, le respondió el cura: tenemos aquí un excelente preceptor, que con decrie que fué jesuita, ya está dicho todo: estudia el carácter, inclinaciones y capacidad de sus discípulos, y sin que ellos