lo sientan los va educando con tal modito y dulzura, que ninguno se le malogra. Vamos á verlo, y si á pesar de poner los medios que están á nuestro arbitrio, ese arbolito no se endereza, que no nos quede el desconsuelo de no haberlos aplicado á su tiempo.
Se fueron á ver al preceptor D. Primitivo Cisneros, lo impuso el cura de su pretensión, recomendando el asunto como propio, estuvo tomando mil informes de D. Juan de cuanto le pareció conducente, meditando con detenimiento hasta en los pormenores mas insignificantes, y de repente exclamó lleno de gozo restregándose las manos:
—¡Magnífico! ¡magnífico! así me gusta coger á mis muchachillos, cerreritos, como dicen los rancheros, que no hayan adquirido maña ni resabio; pero para poder poner en planta el plan que me propongo, necesito de su ayuda, Sr. D. Juan; es preciso que no haya vd. mas que lo que le prevenga, sin separarse un ápice de mis instrucciones. Tráigamelo sin hacerle ninguna prevención, y en el paraje que juzgue mas á propósito, háblele vd. en estos términos, que según sea el efecto que nos dé esta prueba, le diré francamente mi opinión. Si, como me lo prometo, surte buen resultado, le aseguro, amigo mío, que haré de ese jovencito lo que yo quiera, pues la cuerda que voy á pulsar jamás se revienta. Quiero dominarlo de adentro para fuera, despertar sentimientos que no conoce para aprovecharme de ellos en su propio bien; quiero que sienta una emoción que le llegue á el alma ya que los sentimientos del cuerpo los ha embotado vd. á fuerza de sus majaderos castigos: en fin, si tiene vd. vanidad en saber domesticar potrillos y sacar caballos de primera, yo la tengo en educir muchachos y formar hombres de honor y bien inclinados.
Convenidos en lo demás del pupilaje se despidieron muy contentos.
El día menos esperado le dijo D. Juan á su hijo: “vístete con tu ropita nueva, vamos por hay,” se lo echó en las ancas de su caballo y tomó el camino de la villa sin hablar una palabra. El, á pesar de su inquietud, no se atrevió á