de la familia. Ninguna mujer de París fué más querida y respetada por sus amigos. Visitar su casa era un honor. Dulce, inteligente, espiritual y sobre todo sencilla, agradaba a las almas escogidas, las atraía, a pesar de su aspecto doloroso; todos parecían como si protegiesen a esta mujer tan fuerte, y ese sentimiento de protección explicaba mejor todavía el atractivo de su amistad.
Su vida, dolcrosa en su juventud, ena bella y serena hacia el ocaso. Sus sufrimientos eran conocidos, y nadie preguntó jamás quién era el original del retrato de Roberto Lefebvre, que, después de la muerte del guarda, constituía el principal ornato fúnebre del salón. La fisonomía de Lorenza tenía la madurez de los frutos tardíos. Una especie de orgullo religioso nimbaba su frente dolorida. En el momento en que la marquesa se hizo cargo de la casa, su fortuna, aumentada por la ley sobre indemnizaciones, se acercaba a doscientas mil libras de renta, sin contar los sueldos de su marido. Lorenza había heredado el millón cien mil francos de los Simeuse. Desde entonces gastaba cien mil francos al año, y ahorraba el resto para el dote de Berta.
Berta era el vivo retrato de su madre, pero sin su audacia belicosa; era su madre, pero fina y espiritual: "más femenina"—decía Lorenza con melancolía. La marquesa no quería casar a su hija antes de los veinte años. Las economías de la familia, acertadamente administradas por el viejo de Hauteserre, colocadas en valores públicos