de cierta dama. De los dos hombres, uno ha muerto ya, y el otro tiene un pie en la sepultura; los dos en su género son igualmente extraordinarios.
Las dos han sido sacerdotes, y los dos han abjurado; los dos están casados. El uno había sido simple presbítero, y el otro había llevado la mitra episcopal. El primero se llamaba Fouché; el nombre del segundo no se lo digo a ustedes; pero ambos eran entonces simples ciudadanos franceses, muy simples. Cuando se les vió ir al gabinete de cierta dama, las personas que se hallaban allí todavía manifestaron un poco de curiosidad. Un tercer personaje les siguió. En cuanto a éste, que se creía mucho más fuerte que los dos primeros, se llamaba Sieyés, y todos ustedes saben que perteneció igualmente a la Iglesia antes de la Revolución. El que andaba con dificultad era entonces ministro de Relaciones Exteriores, y Fouché, ministro de la policía general. Sieyés se había separado del Consulado. Un hombre pequeño, seve ro y frío, abandonó su puesto y se unió a estos tres hombres diciendo en voz baja, delante del que me lo ha contado: "Temo la berlanga de los curas." Era ministro de la Guerra. La palabra de Carnot no inquietaba a los dos cónsules que jugaban en el salón. Cambacérés y Lebrun se hallaban entonces a merced de sus ministros, infinitamente más fuertes que ellos. Casi todos estos hombres de Estado han muerto; no se les debe nada: pertenecen a la Historia, y la historia de aquella noche es terrible; se la cuento a ustedes