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Página:Balzac - Un asunto tenebroso -Tomo II (1921).pdf/25

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dar; pero se equivocaba siempre que se trataba de cosas de sentimiento, de gusto y de alta cultura. Así, cuando el hombre de la Edad Media salía a escena, Lorenza, sin que el otro se apercibiera, le repartía el papel de tonto del drama; divertía a sus primos discutiendo con Roberto y le conducía poquito a poco al centro del aguazal, donde se hundía la tontería y la ignorancia. Se superaba en sus mixtificaciones espirituales, y para ser perfectas, debían dejar contenta a su víctima. Sin embargo, por grosera que fuera la naturaleza de Roberto, durante esta Lermosa época, la única feliz que debían disfrutar estos tres bellos seres, no se interpuso jamás entre los Simeuse y Lorenza, pronunciando una palabra viril que tal vez hubiera decidido la cuestión. Le sorprendió la sinceridad de los dos hermanos y adivinó sin duda hasta dónde puede lle gar el temor de una mujer concediendo al uno pruebas de ternura que no haya poseído el otro y que le hubiesen entristecido; cuando uno de los hermanos podía ser dichoso de lo que acontecía al otro, y cuando podía por ello sufrir en lo más profundo de su corazón.

Este respeto de Roberto explicaba admirablemente la situación que, ciertamente, hubiera gozado de privilegio en tiempos de la fe, cuando el Soberano Pontífice tenía el poder de intervenir para cortar el nudo gordiano de los fenómenos raros cercanos al misterio impenetrable. La Revolución había fortalecido aquellos corazones