cuero, y se dispuso a ayudar a descender del coche al marqués; pero Adriano y el más pequeño de los Simeuse se le adelantaron, abrieron la portezuela, que se hallaba enganchada a unos botones de cobre, y sacaron al buen hombre, a pesar de sus protestas. El marqués tenía la pretensión de cambiar su berlina amarilla con portezuela de cuero por un coche excelente y cómodo. El criado, ayudado por Gothard, había desenganchado ya los dos grandes caballos, de lustrosa grupa, y que servían, sin duda, lo mismo para los trabajos agrícolas que para el coche señorial.
—¿A pesar del frío? Pero usted es un bravo del tiempo antiguo—dijo Lorenza a su viejo pariente, tomándolo del brazo y conduciéndolo al salón.
—No se dignan ustedes ir a ver a un viejo como yo—dijo con delicadeza, dirigiendo de este modo reproches a sus jóvenes parientes.
—¿A qué vendrá?—se preguntó a sí mismo el bueno de Hauteserre.
El señor de Chargeboeuf, simpático viejo de sesenta y siete años, que llevaba pantalón amarillo claro, era de piernas pequeñas y desmedradas, que cubría con medias de mezclilla, llevaba redecilla, polvos y peinado estilo de ala de pichón, formando un ala pequeña a cada lado de la cabeza. Su traje de caza, paño verde y botones de oro, estaba adornado de pasamanería dorada. Su chaleco blanco deslumbraba por sus