to más al antiguo guarda como jefe de los malhechores, que Grévin, su mujer, Violette y la señora Marion, declaraban haber reconocido en los cinco individuos enmascarados a un hombre enteramente semejante a Michú. El color de los cabellos y de las patillas, la estatura alta del individuo en cuestión hacían casi útil su disfraz. ¿Quién más que Michú, además, hubiera podido abrir con llave la verja de Cinq—Cygne?
El guarda y su mujer, de vuelta de Areis e interrogados, declararon haber cerrado las dos verjas con llave. Las verjas, examinadas por el juez de paz, ayudado del guardia rural y de su escribano, no ofrecían traza alguna de violencia.
—Al echarle nosotros de aquí se habrán quedado con las llaves dobles del castillo—dijo Grévin.
Pero debe haber meditado algún golpe desesperado, pues ha vendido sus bienes en veinte días y cobrado su importe en mi notaría anteayer.
—Ellos le cargarán a él la culpa de tododijo Lechesneau, impresionado por lo que acababa de oír Michú era para él el instrumento ciego de los gentileshombres.
¿Quién mejor que los señores de Simeuse y de Hauteserre podían conocer a los habitantes del castillo? Ninguno de los asaltantes se equivocó en sus rebuscas; anduvieron en un todo con una seguridad que demostraba que la banda sabía bien lo que quería, y sabía, sobre todo, dónde ir a cogerlo. Ninguno de los armarios abiertos había sido violentado. Los delincuentes demostra-