claramente la premeditación más refinada en nuestros desconocidos adversarios, que conocían la situación de Michú y de los señores de Simeuse respecto a Malin. ¡No hablar! ¡No robar! Hay prudencia en esto. Yo veo bajo esas máscaras una cosa bien diferente a los malhechores. ¡Pero vaya usted a decírselo a los jurados que nos pondrán!
Aquella perspicacia en los asuntos privados que tanto mérito da a ciertos abogados y a ciertos magistrados, asombraba y confundía a Lorenza, que tenía el corazón en un puño ante esta tremenda lógica.
—De cien asuntos criminales—dijo Bordin, no hay diez que la Justicia desenvuelva en toda su extensión, y hay tal vez más de una tercera parte cuyo secreto le es desconocido. El de ustedes pertenece a la categoría de los indescifrables para los acusados y para los acusadores, para la Justicia y para el público. En cuanto al soberano, tiene otras cosas en que ocuparse para socorrer a los señores Simeuse, a pesar de que éstos no hubieran querido derribarle. ¿Quién persigue a Malin? ¿Y qué quieren obtener de él?
Bordin y el señor de Grandville se miraron como si dudaran de la veracidad de Lorenza.
Aquella mirada fué uno de los más agudos dolores que le proporcionó el asunto; ella también miró a los dos defensores de un modo que borró en ellos toda sospecha.
A la mañana siguiente el sumario fué remiti-