quería continuar a la cabeza de la cosa pública de su tiempo; pero las dudas de Napoleón acerca de él le devolvieron su libertad política. La ingratitud, o más bien la desconfianza del emperador, después del asunto de Walcheren, explican a este hombre que, desgraciadamente para él, no era un gran señor, y cuya conducta fué calcada de la del príncipe Talleyrand. Por entonces, ni sus antiguos ni sus modernos colegas eran capaces de sospechar la amplitud de su genio puramente ministerial, esencialmente gubernamental, justo en todas sus previsiones y de una sagacidad increíble. Lo cierto hoy día para todo historiador imparcial es que el excesivo amor propio de Napoleón fué una de las mil causas de su caída, quien, por lo demás, ha pagado largamente sus errores. Fouché encontró en este desconfiado soberano una envidia de su naciente poder, que influía sobre sus actos tanto como su odio secreto contra los hombres de valer, legado precioso de la Revolución, y con los cuales él hubiera podido formar un Gabinete que fuera depositario de su pensamiento. Talleyrand y Fouché no fueron los únicos que le hacían sombra. Ahora bien: la desdicha de los usurpadores es tener por enemigos a aquellos que le han dado la corona y aquellos otros a quienes se la han quitado. Napoleón no convenció nunca de su soberanía a los que había tenido por superiores o por iguales, ni a los que estaban de derecho a sus órdenes; nadie se creia obligado a jurarle obediencia. Malin, hombre mediocre, incapaz de apre-
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