columbró el uniforme de los gendarmes y oyó, en el profundo silencio del campo, el ruido de sus caballos; se precipitó a la cuadra, ensilló el caballo de su ama, a las patas del cual, a una palabrasuya, Catalina lió pedazos de trapo con objeto de que no hiciera ruido al andar.
—¿Adónde debo ir?—dijo Lorenza, impresionada por el acento de inconfundible sinceridad y por la mirada de Marta.
¡Por el portillo! dijo ella conduciendo a Lorenza. Mi noble marido está allí; va usted a ver lo que vale un Judas!
Catalina entró rápidamente en el salón, tomó el látigo, los guantes, el sombrero y el velo de su ama, y salió. Tan brusca aparición y la acción de Catalina eran la respuesta natural, por decirlo así, a las palabras del alcalde; la señora de Hauteserre y el abate Goujet cambiaron una mirada de inteligencia que quería decir: "¡Adiós nuestra felicidad! Lorenza conspira y ha perdido a sus primos y a los dos Hauteserre." —¿Qué quiere usted decir?—preguntó el señor de Hautoserre a Goulard.
—El castillo está cercado, la policía va a venir.
Si sus hijos están aquí, procure que se pongan en salvo, y lo mismo los señores de Simeuse.
Mis hijos! exclamó la señora de Hauteserre asombrada.
—No hemos visto a nadie dijo el señor de Hauteserre.
—Mejor que mejor!—dijo Goulard Quiero