público jamás ha querido especificar en el idioma los diversos caracteres de aquellos que se entremezelan en esta profesión necesaria a los gobiernos, el espía tiene de magnífico y de curioso que no se engaña jamás; posee la humildad cristiana de los sacerdotes, los ojos acostumbrados al desprecio, y se coloca, como una barrera, ante la muchedumbre de ingenuos que no le comprenden; tiene la frente de bronce para las injurias y persigue su fin como un animal cuyo sólido carapacho no puede ser alcanzado sino por el cañón; pero también, como el animal, es tanto más furioso cuanto es alcanzado en lo que cree su coraza impenetrable. El golpe de látigo en su mano fué para Corentin, dolor aparte, la bala de cañón que agujerea el carapacho. En lo que se refiere a la sublime y noble joven, aquella acción repugnante la humillaba, no solamente a los ojos de este reducido círculo de gentes, sino a los propios. Peyrade, el provenzal, se lanzó sobre el fuego y recibió un puntapié de Lorenza; pero él le cogió el pie, lo levantó y la obligó, por pudor, a echarse en la butaca donde dormía poco antes.
Fué lo burlesco en medio del terror, contraste frecuente en las cosas humanas. Peyrade se chamuscó la mano por apoderarse del cofrecito; lo cogió, lo puso en el suelo y se sentó encima. La escena se desarrolló rápidamente, sin palabras.
Corentin, repuesto del dolor que le había causado el latigazo, sujetó por las manos a la señorita de Cinq—Cygne.