Francisco Michú, niño de diez años, gozaba del parque y del bosque; levantaba sus obvenciones y obtenía sus gajes como amo; comía los frutos, cazaba, carecía de cuidados y penas; era el único ser feliz de esta familia aislada en la comarca, entre el parque y la selva, y, moralmente, por la repulsión general.
—Recógeme todo lo que está ahi—dijo el padre al hijo, mostrándole el terraplén—, y guardame esto. ¡Mírame!... ¿Tú quieres a tu padre y a tu madre?
El niño se echó en brazos de su padre para besurle; pero Michú hizo un movimiento para apartar la carabina, y le rechazó.
—Bueno! Has contado alguna vez lo que se hace aquí? le dijo, fijando en él sus temibles ojos de gato salvaje—. Acuérdate bien de esto: revelar lo más insignificante de lo que aquí pasa a Gaueher, a los de Grouage o de Bellache, y al mismo Marion, que nos quiere, es matar a tu padre. Que no vuelva a suceder más, y te perdono tu indiscreción de ayer.
El niño se echó a llorar.
—No llores; cuando te pregunten, contestas como los campesinos: ¡No sé! Rondan la comarca unos individuos que no me gustan. ¡Vete!
¿Habéis oído vosotras dos?—dijo Michú a las dos mujeres. ¡Cerrad el pico!
—Amigo mío, ¿qué vas a hacer?
Michú, que medía atentamente una porción de pólvora y la vertía en el cañón de su cara-