do la atención de un caricaturista por su colamuy semejante, vista por detrás, al ala de un pichón, y por esta causa se le aplicó este nombre. La moda de los fracs de ala de pichón duró diez años, casi tanto como el imperio de Napoleón. La corbata, deshecha y formando grandes y numerosos pliegues, permitía a este personaje esconder la cara hasta cerca de la nariz. La cara era granujienta; la nariz, larga y bermeja; los pómulos, encendidos; la boca, desdentada, pero amenazadora y glotona; la frente, haja; adornaba las orejas con grandes bucles de oro. Todos estos detalles, que parecían grotescos, convertíanse en terribles merced a dos ojuelos situados en das agujeros como los de los cerdos, y que denotaban una implacable voracidad y una crueldad burlona y casi regocijada; ojos escudriñadores y perspicaces, de un azul glacial, inmóviles, que podían ser tomados como modelo del ojo famoso, terible emblema de la policía, inventado durante la Revolución. Llevaba guantes de seda negra y una varita en la mano. Debía ser algún personaje oficial, pues tenía en sus modales, en la manera de tomar su rapé y metérselo en la nariz, la importancia burocrática de un hombre secundario, pero que se da a conocer ostensiblemente y al que las órdenes de arriba convierten momentáneamente en soberano.
El otro personaje, cuyo traje era semejante al anterior, pero elegante y muy elegantemente llevado, cuidado en los más pequeños detalles, ha-