En cuanto a este pueblo que aúlla—dijo Lorenza, si usted no hace que se retire, el primer tiro será para usted. Ahora, señor Malin, salga usted.
El convencional salió aregando a la multitud y hablando de los derechos sagrados del hogar, del habeas corpus y de la inviolabilidad del domicilio inglés. Dijo que la ley y el pueblo eran soberanos, que la ley era el pueblo, que el pueblo no debía moverse sino bajo la ley, y que la fuerza sería de la ley. La ley de la necesidad le hizo elocuente, y logró disolver a los grupos. Pero no olvidó jamás ni la expresión de desprecio de los dos hermanos, ni el "salga usted" de la señorita de Cinq—Cygne. Por eso, cuando se trató de vender como si fueran bienes nacionales las propiedades del conde de Cinq—Cygne, hermano de Lorenza, el reparto se hizo severamente. Los agentes del distrito no dejaron a Lorenza más que el palacio, el parque, los jardines y la granja Ilamada de Cinq—Cygne. Según las instrucciones de Malin, Lorenza no tenía derecho sino a su legítima, ya que la nación venía a ocupar los derechos de propiedad del emigrado, sobre todo después de haber hecho armas contra la República.
La tarde de estos curiosos acontecimientos Lorenza suplicó de tal modo a sus dos primos que partieran, temiendo cualquier traición y las malas artes del representante, que éstos montaron a caballo y ganaron las avanzadas del ejército prusiano. En el momento en que los dos hermanos