primiendo la vivacidad amable que hace el atraetivo de Diana. La joven condesa había visto morir a su madre, caer al abate de Hauteserre, perecer en el cadalso al marqués y la marquesa de Simeuse, morir a su hermano único a causa de sus heridas; de añadidura, sus dos primos, alistados en el ejército de Condé, podían parecer de un momento a otro; y para colmo de males, la fortuna de los Simeuse y de los Cinq—Cygne acababa de ser devorada por la República, sin provecho para ésta. Se concebía, por tanto, la gravedad que había degenerado en un aparente estupor, de su rostro.
Por otra parte, el señor de Hauteserre era el tutor más probo y más competente que darse puede. Bajo su administración, Cinq—Cygne tomó apariencia de granja. El buen hombre parecía un noble esforzado, más que un propietario engreído, y había sacado partido del parque y de los huertos, cuyo terreno tenía una extensión de cerca de doseientos arpentes, que produeian pasto para los caballos, alimentaban a la gente que vivía en el parque y daban leña para el hogar. Gracias a la más escrupulosa economía, al llegar a la mayor edad, la condesa había recobrado, por la colocación de rentas en papel del Estado, una fortuna suficiente para vivir. En 1798 la heredera poseía veinte mil francos de renta en papel del Estado; pero en realidad no era así, porque el Gobierno no pagaba, y doce mil francos que rentaba Cinq—Cygne, cuyos arriendos habían sido renovados con no-