Página:Camana pedagogia social.djvu/220

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mos que sólo obligaba al trabajo a aquel que podía y era íntimo el regocijo de saber, tácitamente, que Miss Mary nos creía llamadas a creer. Exigía entonces con severidad: El valor, la perfección misma eran exigidos por la Maestra como cosas normales.

Raro o único era en su boca el elogio; y la indulgencia no cabía: — Merecen compasión, nos decía, los incapaces, los pobres de espíritu, los que nada pueden dar: Demos nosotros por ellos y démoslo ampliamente. Pero no permitamos jamás que se nos coloque en esa categoría y que nada se exija de nosotros. Es legítimo orgullo y es virtud el orgullo de vivir dignamente la vida, de crearnos a nosotros mismos, de sentirnos causa activa colaboradora de la energía universal.

Si, llegado el caso, un castigo se imponía, su severidad era única también, y era tanto mayor cuanto más altamente colocado estaba en su estima el autor de la falta.

Aprendíase con ella a obedecer y a mandar pero, sobre todo, a obedecer y a mandarnos a nosotros mismos. En su Escuela no había celadoras. — Necesitan vigilantes, nos decía, despertando en nosotros el orgullo de vivir dignamente la vida, necesitan vigilantes, los amorales, los inmorales, los abú1icos, los dementes, los imbéciles, los degenerados... Que quien se coloque a sí mismo en cualquiera de esas categorías lo pida y la clase se lo concederá.

La clase... Jamás era ella la que juzgaba. Tri-