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Y mientras la vieja francesa se entregaba ó los mas famosos planes de heredar á Anita, Lanza se fué al Casino de doña Emilia, donde se entró, como cualquier parroquiano alegre, sentándose delante de una mesa.

Las dos muchachas compañeras de Anita, que aun estaban allí, se le acercaron alegremente á pedirle noticias de la comapañera, preguntándole qué queria que le sirvieran.

Pero no habia estado cinco minutos, cuando se le acercó doña Emilia con semblante feroz y ademan descompuesto.

La presencia de Lanza le recordó los amargos momentos que por su causa habia pasado, los golpes que habia recibido y las humillaciones de que habia sido objeto.

Se sintió dominada por una ira fabulosa y acercándose á su antiguo amante le intimó que en el acto saliera de su casa.

Lanza, siempre dominado por su buen humor y algo turbado por todo lo que habia bebido aquel dia, se le rió alegremente en las narices y le dijo que él era uno de tantos parroquianos y qué queria tomar una botella de oporto con el derecho que le daba su dinero.

Pero doña Emilia empezó á insultarlo con la mayor vehemencia y en alta voz, lo que provocó un escandalo formidable que hizo acudir al vigilante.

Lanza alegó sus derechos de parroquiano pacífico que venia á beber.

Pero como doña Emilia invocara los de dueña de casa y asegurase que no queria en manera alguna que Lanza permaneciera allí un momento mas, el vigilante le intimó que se retirara.

En el pleno dominio de sus facultades, Lanza nunca habría dado lugar á una cosa parecida, porqué siempre conservaba gran miedo por la policia.

Pero el exceso de la bebida no habia aturdido aquel dia y no se daba exactamente cuenta de lo que hacia.

Sin embargo, la presencia del vigilante y su intimacion le hizo perder los brios y salió del Casino rápidamente, temiendo que todo aquello fuera á terminar en la Comisaria.

Y pensando que si bebia mas aquella noche podía hacer barbaridades que le costaran caras despues, se dirigió á su casa resuelto á acostarse á dormir.

Al pensar en su casa recordó el proyecto de aventura picante que habia dejado pendiente con su vecina la planchadora, y apuró el paso, encontrando que aquella aventura concluyera de distraerle.

Su corazon habia empezado á reaccionar á favor de Anita, por la misma influencia del vino, y él queria conservar á todo trance su indiferencia y su buen humor.

Cuando el jóven llegó á sus piezas se encontró en ellas con las dos vecinas que estaban allí instaladas.

La francesa vieja, persona positiva, queria asegurar la dádiva ántes que Lanza fuera á arrepentirse, y de ahí su prisa por terminar la cosa cuanto ántes.

—Estaba contando á esta su generosidad, le dijo al jóven apénas entró este; y esta tonta no quiere creerme.