Página:Carlo Lanza - Eduardo Gutierrez.pdf/93

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Esta página ha sido validada
— 93 —

Las cuatro muchachas que tenia allí para el despacho, le temblaban, y vivian pendientes de su menor indicacion, sin atreverse jamas á contradecirla ni por broma.

Este modo de ser, naturalmente tenia que provocar una alianza defensiva y ofensiva de las muchachas con Lanza, aunque á este lo trataba con otro género de consideraciones y con bastante amabilidad.

Es que la vieja se sentia amorosamente inclinada al jóven y queria hacerse amar por él.

Lanza comprendia todo el juego y aspiraciones de la vieja, y haciéndose el zonzo trataba de aumentar aquella pasion cuanto le era posible.

—Gracias á Dios, exclamaba doña Emilia, que así se llamaba la patrona, gracias á Dios que tendre una persona que mire por mis intereses, agregaba mirando á Lanza lánguidamente.

Y podré salir sin cuidado de ningun género, porqué quedando tú en la casa, será lo mismo que si yo hubiese quedado.

Como era natural, Lanza se inclinaba á una tal Anita, la mas jóven de las muchachas, que lo miraba á su vez con ojos tiernos y querendones.

Anita se levantaba mas temprano que sus compañeras, y así se daba tiempo de conversar con Lanza todas las mañanas, sin que nadie pudiera apercibirse de ello.

Habia que ocultarse de doña Emilia y de las compañeras, porque si la patrona llegaba á oler esta aventura, los plantaria en la calle sin mas trámite.

Y esto, si nada importaba á Anita, para Lanza seria sumamente perjudicial, porqué lo pondria en su situacion mas violenta.

Así los dos jóvenes conviniéron en amarse sin que doña Emilia lo pudiera sospechar siquiera, miéntras Lanza se ponia al corriente del negocio, lo suficiente para abrir una casa igual, que podia quedar á cargo de Anita.

En poder de doña Emilia, aquel negocio no podia ser mas productivo.

Las mercaderías de que estaba surtido el Casino, y que eran solo bebidas, las compraba ella á plazos, dando pagarés que iban garantidos por una buena firma; la firma de unos parroquianos muy asíduos de la casa en altas horas de la noche.

A su vencimiento, los pagarés no eran cubiertos por doña Emilia, que nunca estaba en fondos, pero los pagaba el que habia dado la firma, sin decir una palabra.

De modo que doña Emilia ni llevaba libros, ni se preocupaba en saber cuanto ganaba en las bebidas.

Su única ocupacion era recoger de noche el dinero que se habia hecho, y darle el empleo que se le antojaba.

Lanza podia así distraer el importe de todas las copitas que quisiera, sin que nadie lo sospechara.

De noche engañaba á la vieja haciendo un gasto formidable de amorosa elocuencia y por la mañana recreaba su espíritu en el fresco amor de Anita, que le queria con locura.