un cobre ni una jineta envidiable. Siempre le olvidaban y él estaba ofendido, herido en su orgullo. Por otra parte eran tan convincentes las palabras de ella....
—Yo seré tuya, así, hasta el sacrificio; tuya sola y para siempre, sin esperar de tí otro pago que el del cariño. Dejá el cuartel, como yo dejé el vicio y vivamos para querernos. Si podés y querés trabajarás algún día. Mientras tanto yo tengo para los dos. Descansá y quereme mucho, como yo á vos.
Así hablaba la amante criolla, grande en su querer como una leona que envolviera á un cachorro en un abrazo ahogador.
Un poco por pereza, por afan enfermizo de descanso, por esa especie de ciego y fatal impulso hacia el amodorramiento, hacia la indiferencia por todo lo que fuera ejercitar la propia iniciativa, impulso adquirido en el ambiente del cuartel; otro poco por dejadez instintiva, por falta de energía para resistir á aquella seducción ejercitada tan hábil y amorosamente, él se entregó sin mayores aspavientos, no porque dejara de comprender su situación de sostenido ante ella, sino porque el acto se realizaba con tanta expon-