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taneidad, tan impetuosa y sinceramente, que le pareció una crueldad rebelarse. Ella no daba, pedía exijiendo. Y él dió, se dió todo entero, tal como era, dejándose absorver, quemar por el calor de aquel afecto avasallante, sin cálculo, enorme y dominante, que no admitía una vacilación, ni una duda, ni un escrúpulo de conciencia.
III
La nueva vida, fácil y sin acción, á la que se encontraba tan bien preparado, fuélo llevando, insenciblemente, á una molicie denigrante. No tenía fuerzas sino para consumir en aquella pasión que lo envilecía porque lo rebajaba como hombre.
El lo comprendió casi instintivamente. Entonces quiso reaccionar. Buscó trabajo algo en que ocuparse. Ella lo estimuló también; primero debilmente, mas tarde con im-