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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/110

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—¡Espléndido! La quinta de Andrés, bajo los manzanos en flor, frente al rio azul, allá al oeste, en la parte más alta de la ciudad, la primera que baña el sol...

—¡Asesinos! Están locos todos; ella, la impávida; ustedes los cómplices: ellos, los ciegos, los pobres....

¡Habla, impreca, insulta: todo es inútil! Lo hecho, hecho está.

—¡Y á lo hecho, pecho! ¿no es verdad? Pues bien, sábelo de antemano: ustedes, sí, ustedes serán los responsables de esa muerte. Más aun que él. Porque al fin él...

—Precisamente, en su calidad de ofendido, él ha impuesto las condiciones. Y se aceptaban ó se rehuia el lance. En cuanto á nosotros, teníamos órdenes terminantes de aceptar el duelo.

—¡Ah, bárbaros! Pero ¿no se dan ustedes cuenta del crimen? Estos ojos han visto la proeza. A veinte pasos ese hombre parte una nuez de un tiro. ¿Como quieren entonces ponerlo frente de Ernesto? Piensen ¡oh, irresponsables! que nuestro buen sabio no ha manejado una arma en su vida.