—Tampoco no había tenido ninguna aventura, y sin embargo...
—Sí, una y basta: porque en ésta lo perdemos para siempre, lo perdemos.
—Lo que puedo asegurarte es que él permanece sereno, confiando quién sabe en qué estrella.
—¿No sería posible aún alguna estratagema que impidiera el encuentro? Meditalo, Juan.
—Bátete tú por él y asunto concluido.
—¡Ah, farsante trágico! ¿Conque yo por él? ¿Y por qué no? Puedes creerlo: no sería yo su padrino, á buen seguro, pero su reemplazante sí, sin titubear.
—Bueno, basta. Déjate de reproches y ve luego al club, donde nos será dado presenciar un espectáculo raro en verdad: el de un hombre que no teme á la muerte.
—Hasta luego, entonces.
—Hasta luego.
Y en medio del bullicio de la calle estréchanse las manos los dos amigos.