ra qué. Baste saber que los ojos de Vera habían entrado proyectando torrentes de luz nueva en el misero habitáculo de Ernesto y que éste fué feliz hasta que un descuido, una indiscreción, una fatalidad, si queréis, hizo que el terrible y celoso dueño, el célebre tirador Horman, los sorprendiera en pleno y delicioso idilio.
Horman hubo de matar á Ernesto en aquella ocasión. Pero cuenta éste que los ojos de Vera lo salvaron. ¡Cómo miraron á Horman los crueles, los bellos ojos! Eran ellos, sin duda, los que guiaban la mano del tirador en el teatro. Y al hacer esta observación recordaba el estudiante la forma en que Vera miraba á Horman cuando un tiro fallaba el blanco. Era indudable: los crueles, los bellos ojos guiaban la mano del tirador en el teatro...