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III
A la seis y media, padrinos y duelistas estaban sobre el terreno. A pesar de lo que pudiera suponerse, el aire de Ernesto no era el de un condenado á muerte. Por el contrario, su seriedad aparente, si no asombraba, infundía algo de misterioso y sugerente en aquel soberbio despertar de primavera en que por vez primera iba á jugarse la vida en una forma tan loca.
La verdad es que en ese momento él no tenía presente sino los ojos de Vera, los crueles y bellos ojos cuya luz estaba en los suyos y que, podía asegurarlo, guiarían esta vez también la mano del tirador.
—Un tiro... á veinte pasos... apuntando diez segundos... Era exactamente la prueba de Horman en el teatro. La «suerte de la nuez»...