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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/116

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¡Pobre Ernesto! ¡Pobre niño! Ni el recuerdo de la clase de ofensa hecha á Horman que, por su índole, ponía al estudiante en tan excepcionales condiciones, constituía motivo suficiente para aminorar el grado de compasión que los curiosos sentían hacia Ernesto, en quien se empeñaban en ver un sacrificado á las iras del tirador. Deseos sentían algunos de insultar á Horman por cobarde.

Revisadas convenientemente las armas, indicados los sitios respectivos de los duelistas por los padrinos, y colocados aquellos en posición de hacer fuego, hubo alrededor de esta escena el mismo silencio é idéntica expectativa á la que Horman provocara todas las noches en el teatro con su célebre suerte. La imagen de Vera, fría, impasible, estática, estaba allí representada por Ernesto cuyos ojos miraban al tirador con la misma fijeza, el mismo gesto, casi diríamos la misma amenaza, con que la bella mujer atraía hacia sí toda la simpatía de un público conmovido.

Dada la voz de «¡apunten!» se vió á Ernesto, más seguro que nunca, mirar al adversario, sacar su mano izquierda del bolsillo