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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/117

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del pantalón y hacer el mismo ademán, sereno, majestuoso, casi heroico de Vera, al llevarse á la cabeza el fruto que la pistola de Horman no dejaba de herir nunca.

—¡Fuego! Y el prodigio fué. La bala de Horman había pasado rozando la cabellera de Ernesto por el propio sitio donde éste colocara su mano. ¡Horman había apuntado á la nuez!... El estudiante acababa de realizar con él un caso de verdadera sugestión, aprovechando en su beneficio la fuerza de la costumbre. Demás está decir que la bala adversaria sólo consiguió asustar á dos gorriones que saltaban, traviesos, entre los manzanos en flor.


Ante sonrisas incrédulas, Ernesto sostiene que los ojos, los hoy para él dulces y siempre bellos ojos de Vera, habíanle salvado la vida por segunda vez. Los bellos ojos cuya luz estaba en los suyos....