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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/12

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La mujer nativa servíale para ello, ya que las alas del amor no se habían extendido hasta la cubierta del barco audaz en busca del vellocino,—vellocino prometido á costa de la sangre en cuyo derramamiento el amor parecía no querer hacerse cómplice.

En la tienda del conquistador había esa noche fiesta y fiesta grande. Se festejaba la posesión por uno de los oficiales españoles de la más linda y guerrera dama querandi, una soberbia piedra en bruto, diamante codiciado por la lujuria extranjera.

El aguardiente importado aceleraba violentamente la circulación de la sangre, henchía las arterias de aquellos organismos vigorosos, encendía las pupilas de las indias poniendo en ellas fulguraciones desconocidas y excitaba hasta el vértigo los deseos del español hambriento de pulpa pecaminosa.

La abstinencia en que habían vivido durante los interminables meses de la travesía marina, centuplicaba las fuerzas de les jóvenes soldados de la conquista, quienes en sus nuevos despertares lúbricos tenían