pañeros. ¡No podía olvidar la escena aquella! El se paró ante el grupo, lanzó un reto audaz al agresor y la escudó con su cuerpo. Hubo lucha. A pesar de su audacia, no pudo imponerse sin esfuerzo. Le vieron solo y creyeron fácil dominarle. Era pequeño de cuerpo y sin exterioridades que le hicieran aparecer temible, pero resultó que el alfeñique aquél tenía músculos de acero y un valor personal que excedía á toda ponderación. Atropelló con tal ímpetu, que la pandilla se vió arrollada en el primer instante. En medio del tumulto, á traición, le hirieron. Cayó con la cabeza rota. Se levantó, sintióse herido, bañó sus manos en la sangre que le cubría la cara y, ciego de coraje, azotó con ellas.
Lo evocaba así siempre, lleno de sangre, altivo, loco, arremetiendo contra el montón de cobardes, defendiéndola como un héroe, cayendo y levantándose con más brío cada vez, hasta poner en fuga á la pandilla.
Esa noche se había quedado. Ella, temblando, le lavó la herida y le dió muchos besos. Él se reía de su hazaña como si se tratara de algo que no debiera extrañar á nadie. Esto