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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/121

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le daba ante los ojos de ella mayor realce y hacía que su figura creciera en su imaginación.

Por la mañana, cuando quiso irse, ella le pidió que volviera pronto. Él se lo prometió. Pasaron días. ¡Cómo sufrió durante la espera! No se perdonaba el no haber averiguado su nombre. ¡Y pensar que no se le había ocurrido siquiera preguntarle dónde vivía! ¡Que bruta era! ¡Le había tratado casi como á los demás, como á uno de tantos, sin darle, quizás, más de lo que diera á otros! ¡No podía perdonárselo, no se lo perdonaría nunca!

Cuando él volvió, al cabo de muchas noches, ella experimentó la más grande de las alegrías á que podía aspirar en su cautiverio.

Tuvo su nombre y su dirección. ¿Por qué no había de dárselos? ¿Qué mal podía traerle aquello? Nada más natural que ella supiera quién era y adónde vivía. Él no se resistió. En realidad le halagaba el interés que ella demostraba por su persona.

Después el harem popular fué teatro de un verdadero idilio.

—No te creo, solía decir él.

—Tampoco yo, en tu caso, creería. Pero