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Página:Carne doliente (cuentos argentinos) (IA carnedolientecue00ghir).pdf/125

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Vivían tranquilos, porque él ya no se emborrachaba. De pronto ella se acordó de sus padres y se le nublaron los ojos. Todavía había en ellos mucha tristeza. Cuando estos recuerdos la asaltaban, él permanecía mudo. Temía interrumpirla con alguna observación banal.

—No los veré más, dijo ella,

—¿Quién te lo impide? dijo él.

—¿Quieres saber una cosa?—Y se levantó.—Tóma y lee.

La carta empezaba así: «No creemos en lo que nos dices; tú has muerto para nosotros. No te acuerdes que tienes padres. No reconoceremos jamás á una perdida como tú...»

No continuó. Iba á romper la carta, colérico. Ella le cogió el brazo.

—¿Qué quieres? dijo. Tampoco tú creías Acuérdate...