mada, imperiosamente, por la razón y la vida.
Claro está que se consideraba un libertado del prejuicio en boga. Estaba unido libremente á una hermosa mujer que le acompañaba en la vida como una alma gemela alentadora y llena de bondad, algo así como un espíritu hermano, lleno de dulzura, que le alegraba las horas dándole, en cariño, todo lo que exigía su ardiente naturaleza.
La verdad era que al contemplarles juntos nadie hubiera pensado que tan pronto aquel dogmático teórico iba á ser puesto á prueba en una forma tan decisiva.
En sus libres relaciones de amor, él afirmaba, habían sido excluidos el engaño y la falsía, ya que la más libérrima voluntad precediera aquella unión. Desde que ningún interés mezquino había hecho presión sobre aquellos dos seres mal podían los convencionalismos ni las fórmulas falsas y antinaturales inmiscuirse para nada en sus destinos. Se habían deseado, se querían y basta.
De esto deducíase, lógicamente, que si