bríos de espadas nuevas, estallidos de sávias contenidas en árboles del trópico.
Las chinas regordetas y formidas correspondían á sus abrazos, devolviendo lava por fuego, volcán por incendio, en un derroche de energías formidables, borrachas de alcohol y de caricias cristianas.
¡Ah, morir así cautivas y traidoras, olvidadas de la raza en derrota, de su raza humillada, estrechadas á aquellos pechos enemigos y deseados!
¡Ah, morir así sin ver ya en lontananza el fantasma de la tribu vencida, envuelta en nube sangrienta corriendo, dispersa y errante, por la pampa florida!
¡Ah, morir así en aquella embriaguez de los sentidos, en aquel aturdimiento enloquecedor, girando en medio de danzas caprichosas, doblemente mareadas por músicas, por armonías nuevas y extrañas, sin pensar ya en el desastre de los hermanos, en la ruina de los suyos, en la hecatombe de sus pueblos! ¡La embriaguez, el olvido. y la muerte! ¡Ah, por fin!
¿Morir? ¿Y porque no? ¡Todos morían, todos entregaban sus tesoros y su sangre al