La voz de la compañera vibraba en su garganta con un timbre algo extraño. Era una voz serena si, pero cargada de emociones. Salía la frase como envuelta en un efluvio doloroso aunque resuelto.
El aire tibio de la tarde estival que penetraba por la ventana entreabierta del comedor alegre, daba mayor fuerza á la expresión haciéndola más penetrante y aguda.
—No debes engañarme... si... no quieres... pero ¿por qué hablas así?...
La frase terminó en un ruego. La pregunta parecía decir: si no hablaras te lo agradecería. La sospecha de algo grave, de algo muy triste, irreparable y muy angustioso, cruzó por el cerebro del hombre amante, del compañero cuya vida—¡oh, ahora lo sentía como á través de una adivinación súbita!—estaba toda entera en la voluntad de aquella mujer.
Ella, sin dar á conocer que sus ojos penetrabran en la sombra del drama que agitaba el espíritu del hombre, continuó impertérrita:
—La libertad que nos unió separará nuestros cuerpos. Ya no soy tuya...